
La felicidad está en lo pequeño y en la capacidad de almacenar, con los años, esos instantes que nos colocan, con cierta frecuencia, en el paraiso. Somos felices si somos capaces de gozar la vida, y la vida se resume en lo que tenemos cerca. Los amigos, los amores, los niños, la primavera, las vacaciones, un buen libro, una cena agradable, aquella música..., son por sí mismos ocasiones de felicidad. Lo malo es que nada suele venir en estado puro. Todo viene acompañado de circunstancias adversas, de sombras que empequeñecen el resultado esperado. La ilusión nunca se vé colmada y satisfecha. Por todas partes hay zonas oscuras y frágiles, cualquier cosa puede romperse, finalmente todo se tuerce. Si aquel amor no se hubiera gastado tan pronto..., si todos los días brillara el sol, ¡¡si no nos equivocáramos tanto!!!. La felicidad depende de un condicional que se nos escapa y no controlamos. Por eso queremos la evasión. Para olvidarnos siquiera unas horas de quienes somos y ahuyentar, de algún modo, ese futuro incierto. Cuando las cosas no cuadran, el "clic" con la vida no llega o queda atrás, la tentación es perderse. Vale cualquier cosa que nos ayude a pasar la página indigerible. Las evasiones son como castigos que imponemos a la realidad cuando nos asusta y nos agrede impidiéndonos ser más felices. Los desánimos, las frustraciones, las adversidades o la simple rutina que aniquila la esperanza, se combaten toreándolas, no haciéndoles caso, como quien se distrae y no escucha lo que no quiere oir. La evasión es una fórmula inteligente de darle esquinazos a la vida. Una forma de mantenerse activos cuando todo nos condena a la inmovilidad. Lo específico de los humanos es su capacidad de hacer cosas imprevistas, no programadas, inéditas. Podemos ser felices si sabemos mantener vivo el deseo y la voluntad de vivir. Quien no lo consigue vive desmoralizado. Sin proyectos, sin ilusión, sin nada que hacer la vida pierde todo sentido, la voluntad se aniquila, la esperanza queda anulada. La felicidad es, de hecho, una sabiduría. Una sabiduría que nos manda a veces distanciarnos de las cosas y otras volcarnos en ellas.Distanciarse es mantenerse al márgen, padecer con medida, no enfadarse a destiempo, contar hasta diez...,tragar saliva, adaptarse a lo que conviene. La distancia es, casi siempre, ironía, humor, habilidad para darle la vuelta a lo que nos atraviesa o nos dá la espalda. Pedirle a la realidad que cambie y que nos siga es una insensatez inútil. Es nuestra visión de la realidad lo que debe cambiar, porque los hechos son tozudos y pocas veces dependen de nosotros. La pasividad absoluta nos deja indefensos frente a todo tipo de reveses. Pero la distancia por sistema no es buena. Acabaría convirtiéndonos en seres apáticos e insensibles. A veces, la realidad no nos pide distancia, sino nos solicita para que nos volquemos en ella, para que lo demos todo. Si la distancia es una trampa, una forma de escondernos de una realidad que nos amenaza, el darnos a las cosas es la mejor forma de demostrar que las amamos. Es otro modo de olvidarnos de nosotros mismos, que es lo que a fin de cuentas más nos abruma. La ironía y el amor, distanciarse y dar son, una y otra, y cada una en su momento, respuestas activas: para controlar las emociones, o para desatarlas y dejar que se expandan libremente. A medida que crecemos, vamos fomando un estado de ánimo, un talante más propicio y más sabio ante los revolcones inevitables de la vida. Me refiero a los revolcones cotidianos y frecuentes. No a las grandes tragedias para las que no hay escuela ni aprendizaje, pero que son las únicas que nos igualan a todos porque a nadie perdonan. Aprender la felicidad, aprender a tratar justamente lo adverso, pequeño pero implacable, es casi una obligación, un deber. Hemos venido al mundo para ser felices. Si no somos capaces de acercarnos un poco a esta meta lejana, difícilmente podremos decir que la vida valió la pena. Pues la felicidad no es un don que recibimos o dejamos de recibir: es un aprendizaje. Aprender a vivir con nuestro cuerpo y nuestra manera de ser, con nuestros defectos y nuestras limitaciones; aprender a vivir con los otros, no exigiéndoles sólo y siempre que se ocupen de nuestro yo; aprender a interpretar lo que nos invade y amenaza con su extrañeza.Saber recordar lo memorable, esos instantes dignos de ser recordados, que nos colocan en el paraíso porque fueron buenos y fueron bonitos. Que logremos superar nuestra pobre condición depende sólo de nuestra voluntad, de nuestra capacidad de querer un mundo cuya grandeza es, sin embargo, inseparable de su miseria. |
2 comentarios:
OH!!!!!! cuanta precisión, sigo sin pensar.....
"Higa"!!!...con lo re-lista y rápida que tú eres!!!, voy tenguerte que meter un red-bull y un viajecito a ... Boston?...(por ejemplo) para que recuperes tu pedazo capacidad!!,...venga déjate ver...que nos conocemos bacalao!!, no seas perrilla!!!
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