
Siente, recibe, descubre…
El ser humano no está precintado. No estamos metidos en una lata como los refrescos, ni envueltos con un papel aislante, todo lo contrario. Nuestro embalaje dérmico es psicológicamente permeable y, gracias a eso, podemos conectar con el exterior y comunicarnos con los demás. Por la formidable habilidad de la percepción no estamos aislados; estamos cerca de todo, sintiéndonos vivos, enterándonos de las cosas y dándonos cuanta de nuestra propia existencia.
La mayor parte de lo que conocemos proviene de la información que nos suministran los sentidos. De éstos, la vista y el oído son los más instrumentales y, sin duda, los más valiosos. Aunque no hay que olvidar que sin los demás no sabríamos lo que es un beso, la fragancia de una rosa o el sabor del cava. Las personas tenemos, además, otros sentidos, el cinestésico, que nos aporta información sobre el movimiento, y el del dolor, que es paradójico: negativo por un lado, por el malestar que acarrea, y positivo por otro, porque avisa de que algo no va bien.
Los sentidos son, en definitiva, salvoconductos para la vida. Sin embargo, no siempre los tenemos suficientemente alerta. A veces, se adormecen o no procesan de manera conveniente todo lo que llama a nuestra puerta. Y es que, no siempre apreciamos las cosas como son objetivamente, sino que lo hacemos a través del cristal con que miramos. Alguien ha dicho que no se ve lo que hay fuera sino lo que se lleva dentro, y es verdad. Algunas de nuestras sensaciones internas están condicionadas de forma inconsciente por los prejuicios. En general, las percepciones sujetas a este tipo de influencia no tienen mayor relevancia que el que cualquier padre considere que su niño es el mejor actor de la función del colegio, o que todos veamos claramente el penalti si favorece a nuestro equipo. Pero en algún caso especial, como un testimonio o en una discusión, las consecuencias de la percepción equivocada sí resultan cruciales.
Sin llegar tan lejos, puede suceder que no se aprecie la vida a causa de la monotonía, el aburrimiento o la desidia. Éste es un error habitual. Casi siempre, lo que hace feliz a una persona es lo que tiene más cerca. No se trata de grandes sueños, como la lotería, es sencillamente aquello o aquel que se suele dar por hecho y quizá no se valore; es lo que se echa de menos sólo cuando falta; lo que, habiéndose perdido, provoca insatisfacción, infelicidad, depresión o tristeza.
“No te acostumbres a aquello que te hace feliz”, me dijeron en una ocasión, y me pareció una verdad indiscutible. La costumbre es el mayor enemigo de la felicidad y está ahí, como una amenaza escondida. No sé si la vida es estupenda; sí creo que es interesante, aunque debe darse una condición: que se sepa ver el interés. Eso implica dar rienda suelta a los sentidos: mirar con curiosidad el mundo para apreciarlo a fondo, abrir del todo los ojos, que ellos se ocuparán de abrir el corazón. Ahí, con sus luces y sombras, está el secreto de la vida, el misterio que diferencia a los que creen que vivir es sólo un simple discurrir de los que piensan que es un privilegio.
Ver no es lo mismo que mirar, y al mirar, no todas las personas ven lo mismo. Como escuchar no es lo mismo que entender. Hay quien no sabe escuchar, y quien, aun sabiendo, no entiende una palabra de lo que escucha.
El ser humano no está precintado. No estamos metidos en una lata como los refrescos, ni envueltos con un papel aislante, todo lo contrario. Nuestro embalaje dérmico es psicológicamente permeable y, gracias a eso, podemos conectar con el exterior y comunicarnos con los demás. Por la formidable habilidad de la percepción no estamos aislados; estamos cerca de todo, sintiéndonos vivos, enterándonos de las cosas y dándonos cuanta de nuestra propia existencia.
La mayor parte de lo que conocemos proviene de la información que nos suministran los sentidos. De éstos, la vista y el oído son los más instrumentales y, sin duda, los más valiosos. Aunque no hay que olvidar que sin los demás no sabríamos lo que es un beso, la fragancia de una rosa o el sabor del cava. Las personas tenemos, además, otros sentidos, el cinestésico, que nos aporta información sobre el movimiento, y el del dolor, que es paradójico: negativo por un lado, por el malestar que acarrea, y positivo por otro, porque avisa de que algo no va bien.
Los sentidos son, en definitiva, salvoconductos para la vida. Sin embargo, no siempre los tenemos suficientemente alerta. A veces, se adormecen o no procesan de manera conveniente todo lo que llama a nuestra puerta. Y es que, no siempre apreciamos las cosas como son objetivamente, sino que lo hacemos a través del cristal con que miramos. Alguien ha dicho que no se ve lo que hay fuera sino lo que se lleva dentro, y es verdad. Algunas de nuestras sensaciones internas están condicionadas de forma inconsciente por los prejuicios. En general, las percepciones sujetas a este tipo de influencia no tienen mayor relevancia que el que cualquier padre considere que su niño es el mejor actor de la función del colegio, o que todos veamos claramente el penalti si favorece a nuestro equipo. Pero en algún caso especial, como un testimonio o en una discusión, las consecuencias de la percepción equivocada sí resultan cruciales.
Sin llegar tan lejos, puede suceder que no se aprecie la vida a causa de la monotonía, el aburrimiento o la desidia. Éste es un error habitual. Casi siempre, lo que hace feliz a una persona es lo que tiene más cerca. No se trata de grandes sueños, como la lotería, es sencillamente aquello o aquel que se suele dar por hecho y quizá no se valore; es lo que se echa de menos sólo cuando falta; lo que, habiéndose perdido, provoca insatisfacción, infelicidad, depresión o tristeza.
“No te acostumbres a aquello que te hace feliz”, me dijeron en una ocasión, y me pareció una verdad indiscutible. La costumbre es el mayor enemigo de la felicidad y está ahí, como una amenaza escondida. No sé si la vida es estupenda; sí creo que es interesante, aunque debe darse una condición: que se sepa ver el interés. Eso implica dar rienda suelta a los sentidos: mirar con curiosidad el mundo para apreciarlo a fondo, abrir del todo los ojos, que ellos se ocuparán de abrir el corazón. Ahí, con sus luces y sombras, está el secreto de la vida, el misterio que diferencia a los que creen que vivir es sólo un simple discurrir de los que piensan que es un privilegio.
Ver no es lo mismo que mirar, y al mirar, no todas las personas ven lo mismo. Como escuchar no es lo mismo que entender. Hay quien no sabe escuchar, y quien, aun sabiendo, no entiende una palabra de lo que escucha.
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